viernes, 25 de septiembre de 2026
Opinión

Periodismo, ética y democracia en tiempos de confusión organizada

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Periodismo, ética y democracia en tiempos de confusión organizada

Huaraz en Línea. - A pocos días de conmemorarse el Día del Periodista, conviene regresar a una pregunta que parece haberse extraviado entre algoritmos, redes sociales y disputas ideológicas: ¿para qué existe el periodismo?

La respuesta no ha cambiado. El periodismo existe para buscar la verdad, verificar los hechos y ofrecer a los ciudadanos información confiable que les permita ejercer su libertad con responsabilidad. Todo lo demás es secundario.

Las sociedades libres no se sostienen únicamente sobre elecciones o constituciones. También dependen de una confianza compartida en los hechos. Cuando la verdad pierde valor, la democracia comienza a erosionarse; cuando la mentira se convierte en método de comunicación, la libertad empieza a retroceder. La historia ofrece innumerables ejemplos de ello.

Desde la Atenas que hizo del debate un instrumento de ciudadanía hasta las revoluciones liberales que consagraron la libertad de expresión, el progreso ha estado ligado a la posibilidad de discutir los hechos sin miedo. Allí donde la crítica fue respetada florecieron las repúblicas; allí donde fue perseguida prosperaron el fanatismo y la arbitrariedad.

Por eso resulta paradójico que, en una época con más información que nunca, el mundo parezca tener cada vez más dificultades para distinguir entre realidad y ficción.

Los medios digitales han democratizado la palabra y acelerado la circulación de noticias. Sería absurdo negar sus virtudes, pero es bueno señalar que la tecnología multiplica posibilidades y la ética define su dirección.

Hoy abundan comunicadores, influenciadores y creadores de contenido. Todos tienen derecho a participar en el espacio público. Sin embargo, el periodismo sigue siendo algo distinto: exige contrastar fuentes, comprobar datos, rectificar errores y asumir responsabilidad frente a lo que se publica. Un propagandista busca adhesiones. Un activista moviliza seguidores. Un creador de contenido busca atención. Un periodista busca hechos verificables.

En ese punto adquiere relevancia la advertencia formulada por Jan Martínez Ahrens, director de El País, al diferenciar el clic de la lectura. La lógica dominante de ciertas plataformas ha terminado privilegiando la capacidad de atraer tráfico antes que la capacidad de informar. El impacto emocional compite con la reflexión y el titular diseñado para provocar una reacción inmediata desplaza muchas veces al análisis profundo.

La mentira posee una ventaja evidente: no necesita verificar nada. Por eso suele viajar más rápido que la verdad. Vivimos en una época donde las falsedades ya no se esconden. Se presentan como interpretaciones equivalentes a los hechos, se disfrazan de análisis o se ofrecen como manifestaciones legítimas de libertad. Las llamadas “realidades alternativas” constituyen una amenaza porque niegan la existencia misma de una verdad verificable.

Sin hechos compartidos no existe deliberación democrática posible. Si toda evidencia puede ser descartada como conspiración y toda información incómoda es presentada como montaje, desaparece el terreno común que permite convivir y debatir racionalmente.

El problema no pertenece a una ideología ni a una geografía específica. Puede aparecer en Occidente o en Oriente, en democracias consolidadas o en regímenes autoritarios. Los nuevos enemigos de la libertad rara vez se presentan como tales. Con frecuencia hablan en nombre del pueblo, de la justicia o incluso de la democracia, mientras utilizan esas mismas banderas para debilitar los principios que les dan sentido. La experiencia histórica demuestra que las democracias suelen ser más vulnerables cuando sus adversarios aprenden a combatirlas desde dentro.

Por ello resulta inquietante observar actitudes de intolerancia hacia la prensa incluso en países que durante décadas fueron símbolos de las libertades públicas. Estados Unidos, cuya Primera Enmienda se convirtió en referencia universal para la protección de la libertad de expresión, no puede normalizar la exclusión de periodistas de espacios informativos por razones ideológicas. Una democracia segura de sí misma escucha también a sus críticos.

Cerrar puertas a periodistas incómodos no es una demostración de fortaleza. Es una señal de inseguridad. La distancia que debería separar a las democracias liberales de regímenes donde la prensa independiente es tratada como enemiga del Estado no puede reducirse hasta convertirse en una diferencia de matices. Las sociedades libres se fortalecen con preguntas incómodas, no con silencios impuestos.

Mientras tanto, en otros rincones del planeta resurgen disputas territoriales y rivalidades geopolíticas que debieron quedar atrás. Es paradójico que una humanidad capaz de explorar el espacio y comunicarse instantáneamente a escala global continúe enfrentándose por territorios que podrían simbolizar cooperación y amistad compartida. Lo que pudo ser puente termina convertido en árida frontera.

La erosión de los consensos internacionales agrava esa realidad. Instituciones creadas tras las tragedias del siglo XX para evitar nuevas catástrofes observan cómo sus decisiones son ignoradas según las conveniencias de las grandes potencias. El debilitamiento de los acuerdos multilaterales representa una mala noticia para la paz, pero también para la verdad.

En medio de este escenario resuena una frase atribuida al dramaturgo romano Plauto y retomada siglos después por Thomas Hobbes: homo homini lupus, “el hombre es lobo para el hombre”. La sentencia describe el riesgo permanente de una convivencia abandonada a la fuerza y a la imposición.

El periodismo nació precisamente para impedir ese retroceso. Su misión consiste en construir un espacio común donde la evidencia prevalezca sobre la propaganda y donde los ciudadanos dispongan de información para ejercer sus derechos.

Por eso el periodismo serio sigue siendo incómodo. Incomoda a corruptos, mafias, extremistas y fanáticos. No es casual que periodistas hayan sido perseguidos, encarcelados o asesinados por cumplir con su trabajo. También el Perú conoce esa dolorosa realidad. Hoy las amenazas adoptan nuevas formas: campañas de difamación digital, vigilancia tecnológica y mecanismos cada vez más sofisticados de intimidación. Cambian los instrumentos, pero el objetivo sigue siendo el mismo: silenciar al mensajero para ocultar el mensaje.

Sin embargo, la crisis del periodismo también exige una revisión interna. Durante demasiado tiempo algunos sectores sucumbieron al sensacionalismo, confundiendo audiencia con calidad y notoriedad con relevancia.

La ética es la frontera que impide esa degradación. Sin ética, la libertad de prensa corre el riesgo de convertirse en impunidad. Sin ética, la investigación puede degenerar en persecución. Sin ética, el derecho a informar termina subordinado al negocio de la indignación permanente.

Por eso resulta imprescindible volver a las enseñanzas de los grandes maestros del oficio. No para idealizar el pasado, sino para recordar que la credibilidad sigue siendo el principal patrimonio de un periodista. Las herramientas cambian; los principios permanecen.

Y aquí aparece una reflexión que trasciende al periodismo. Con demasiada frecuencia se presenta la ética como una palabra antigua o un conjunto de prohibiciones destinadas a limitar conductas. Nada más equivocado. La ética ha sido una de las fuerzas más poderosas de la civilización. Inspiró la abolición de la esclavitud, la defensa de los derechos humanos, la protección de los perseguidos y la construcción de las democracias modernas. Es la memoria moral de la humanidad y el brazo que se extiende para proteger al más débil.

El Perú necesita recuperar esa energía moral. También la necesita el mundo. Las amenazas que enfrentan nuestras democracias no se resolverán únicamente mediante leyes o nuevas tecnologías. Requieren ciudadanos capaces de distinguir la verdad de la mentira, gobiernos que comprendan el valor de la crítica y periodistas dispuestos a defender los hechos incluso cuando hacerlo implique costos personales.

Porque la verdad no pertenece a ningún partido, gobierno o ideología. Es un patrimonio común de la humanidad y cuando las consignas envejezcan y los discursos del poder se conviertan en simples notas al pie de la historia, permanecerán aquellos que comprendieron que la verdad no es una herramienta del poder, sino su límite, esa ha sido siempre la misión más noble del periodismo. Y seguirá siéndolo mientras exista una civilización que aspire a llamarse libre. (Por: Víctor Andrés Urquiaga*)(Foto:Nueva Revista.net)

(*) Víctor Andrés Urquiaga es un destacado comunicador social y periodista peruano que cuenta con amplia experiencia en la gestión de comunicaciones estratégicas, tanto en el sector público como en el privado.

Destaca también por una importante participación en el Colegio de Periodistas de Lima, desempeñándose como su director secretario durante el periodo 2020-2021. Cuenta con tres décadas de trayectoria profesional, especializándose en la gestión de crisis, campañas de valor compartido y relaciones institucionales. (Fuente privada – IA)

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